Comencé a leer a Paul Auster cuando, en España, sus lectores dejaban de formar una de esas borgesianas "pequeñas sociedades secretas". Hace unas semanas, Auster recibió el "Premio Príncipe de Asturias" de las letras: la coronación -figurada y casi literalmente- de su éxito en España.
Leí mi primer libro de Auster -La trilogía de Nueva York- hace unos diez años. Leí después El país de las últimas cosas, El palacio de la luna, Leviatán y casi todos los que se habían publicado e irían publicándose. Estaba ante un narrador puro: alguien que te agarra del pescuezo y te obliga a leer y seguir leyendo con premura, hasta forzarte a retardar la lectura de las páginas finales: apenado por la conclusión del viaje y saboreando las últimas palabras con la minuciosidad del obseso y la angustia del moribundo.
Pero, ¿qué encuentra el lector en los libros de Auster? Pese a la insistencia del propio autor en la importancia del tema del azar en su narrativa, nunca he sentido que su obra aporte una reflexión de calado al respecto. Se me antoja algo decorativo, un llamativo telón de fondo sobre el que se teje el verdadero tema austeriano: la huida hacia adelante de un individuo alienado por su soledad. La desorientación en el mundo moderno y en el laberinto de las grandes ciudades, la búsqueda de la identidad y de las raíces familiares, la salvación a través del amor y del arte (las mujeres son, casi siempre, Beatrices imperfectas; el arte, una fuga y un acceso renovado al mundo), la muerte como liberación... son las causas, las consecuencias y las soluciones de esa huida.
Como se puede deducir por lo que he escrito, sus novelas presentan una extraordinaria cohesión temática. También una permanente y bien filtrada influencia de Kafka y Samuel Beckett, pasados por el tamiz de la Bildungsroman y la novela de género (policíaca, de aventuras, etc.). Recurramos al tópico: Auster ha creado un "mundo propio". Un mundo tan extraño como familiar que - leídas varias novelas- no se visita tanto con la inquietud de ser sorprendido como con la voluntad de reconocer paisajes anteriormente recorridos con agrado y emoción.
Pero, como casi siempre sucede: los puntos fuertes de la narrativa de Auster son, al mismo tiempo, sus puntos débiles. Su indudable talento narrativo casi nunca escapa al efectismo de la peripecia improbable; la coherencia estructural y temática de sus tramas acaba resultando fatigosamente reiterativa; sus a veces sugerentes e inquietantes finales son, mucho más frecuentemente, la abrupta solución de un material indócil; la limpidez y la precisión de su estilo no siempre logran sofocar la sospecha de una vacuidad de fondo. Este aspecto menos grato se acentúa cuanto más exhaustivo es el conocimiento de su obra. Con todo, hay algo que no puede negarse: Auster es un narrador con "encanto": cualidad tan difícil de definir como inmediatamente perceptible.
Paradójicamente, el destino del escritor neoyorkino ha resultado ser mucho más común que el de sus personajes; sucede casi siempre con autores relativamente "minoritarios" que alcanzan el éxito (Saramago, Marías, Sebald, Márai, tantos otros...): ha pasado de autor "de culto" a autor "de escarnio" para muchos de sus antiguos lectores. No es mi caso: aunque reconozco que las primeras novelas del americano poseían un brío, un nervio, una inquietante extrañeza de los que carecen sus últimas obras -que adolecen, quizá, de una voz demasiado segura de sí misma-. Pero, ¿es esta percepción consecuencia de haber leído ya sus libros más antiguos? ¿Opinaría igual de sus últimas novelas si no hubiera leído las primeras? ¿Resiste un autor -descartada su genialidad- una lectura renovadamente entusiasta de su obra completa?
El libro de las ilusiones es el último Auster que he leído: la novela que más ha contribuido a la definitiva consagración de Auster en España y la que se me antoja más calculada. En ella, el curioso lector puede encontrar todas las virtudes y todos los defectos del autor. Es difícil que no encandile al lector primerizo y que no agote al lector veterano. Su título es elocuente: libro de las ilusiones -en el más polisémico de los sentidos-.
Me aseguran que, en La noche del oráculo y Brooklyn Follies, Auster se reinventa a sí mismo. Pese a ello, siento el tiempo de lectura que tenía reservado para sus libros se ha agotado. No puedo, sin embargo, dejar de recordar con agradecimiento el entusiasmo que me produjeron algunas de sus novelas; especialmente: "La trilogía de Nueva York", "El palacio de la luna" y "Leviatán".
A los que aún no han leído a Auster, la lectura de estas (y otras) obras no les decepcionará; pero también es justo recordar que hay otros narradores americanos vivos -como Philip Roth, Don Delillo o Thomas Pynchon- que, acaso, merecen más el Príncipe de Asturias y la íntima devoción del lector.